Por un mundo sin violencia

...Sin justicia, no hay paz. La justicia y la paz son inseparables; están indisolublemente unidas. En palabras del salmista: «El amor y la verdad se darán cita; la paz y la justicia se besarán» (Sal 85.10).






En ausencia de la justicia sólo es posible una paz espuria. La falsa seguridad de los opresores, basada en la coerción, o la modorra de los oprimidos, resultante del temor, pero no una paz real. La paz de un cementerio, o de un campo de concentración, o de un país bajo ocupación militar, pero no una paz genuina y duradera.

Shalom nunca puede ser la experiencia de una sociedad corrompida, de una sociedad materialista obsesionada por la riqueza e indiferente a la situación de los pobres, de una sociedad hedonista orientada hacia la satisfacción de necesidades creadas artificialmente y ciega al sufrimiento de las masas empobrecidas, de una sociedad de consumo entregada a la idolatría de las modas y dura frente a la miseria de los marginados, de una sociedad de desperdicio puesta al servicio de la ideología del crecimiento económico ilimitado y sin compasión por las multitudes hambrientas.

Tampoco shalom puede ser una realidad en un mundo caracterizado por la injusticia a nivel internacional, un mundo dominado por la ambición de poder político y olvidadizo de los derechos humanos, un mundo en que se arrebata el pan de la boca de los menesterosos a fin de engordar a una élite con problemas de obesidad, un mundo en que las futuras generaciones de las naciones pobres nacen ya hipotecadas por los países ricos.

La única «paz» posible en esta clase de sociedad y esta clase de mundo es la paz impuesta por los gobiernos de seguridad nacional, una paz que depende totalmente de la persecución y el exilio, el arresto arbitrario y la tortura, las desapariciones forzadas, las mutilaciones y los asesinatos, una falsa paz desafiada para una élite privilegiada, comprada con la sangre de los oprimidos, una falsa paz que los pobres aborrecen y los ricos no pueden disfrutar totalmente, una paz que amenaza destruir totalmente la civilización moderna.

Si el fruto de la justicia es la paz, el fruto de la injusticia es la violencia y el caos social, la enemistad y la inseguridad, el odio y el temor. Cada injusticia que se comete contra los pobres lleva en sí la semilla de la subversión. La justicia conduce a la vida, la injusticia desemboca en la muerte. La injusticia no es meramente una violación de los derechos humanos sino también un pecado contra el Dios vivo. Por lo tanto, quienes persisten en la injusticia se colocan bajo el juicio de Dios. «El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de su desgracia no quedará sin castigo» (Pr 17.5).

La manera más eficiente de trabajar contra la paz es trabajar por la injusticia. Siembra injusticia y cosecharás violencia. En palabras de Robert Kennedy, «quienes imposibilitan la revolución pacífica, hacen inevitable la revolución violenta».

Dondequiera, cuando explota la violencia, la explicación común de parte de quienes son beneficiados por el sistema es que los causantes de los problemas son agitadores ajenos a la situación. La pregunta que debe plantearse a los defensores del statu quo es: ¿Qué lograrían tales agitadores si no fuese porque el terreno está ya abonado por el resentimiento y el odio causados por la injusticia?

América Latina es una buena ilustración del problema. Parecería que, a lo largo de su historia, nuestros países estuvieran atados a un círculo vicioso de empobrecimiento de las masas, seguido por explosión social, seguida por represión, seguida por un mayor empobrecimiento de las masas, seguido por una mayor explosión social, seguida por una mayor represión, y así sucesivamente. Cada vez que se repite el ciclo, aumenta el costo social. ¿Hay salida, especialmente si se toma en cuenta que cada intento de cambio es de inmediato convertido en el blanco de las sospechas de quienes mantienen el control de las estructuras de poder?

La situación se complica todavía más en vista del juego de intereses económicos a nivel internacional. La política externa de los Estados Unidos funciona en base al presupuesto que la democracia y la libertad son valores que deben preservarse a toda costa en todo el mundo. El hecho innegable es, sin embargo, que en tiempos de la Guerra Fría, el gobierno de los Estados Unidos fue siempre compañero de cama de los gobiernos más represivos en la historia de la humanidad...



C. René Padilla
Revista Kairós Nº 22, 2008
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Conocer a Jesús hoy

Por José Arregi

Conocer no es únicamente saber, si «saber» significa solamente «tener conocimientos». El prefijo co (con) evoca relación, intimidad, trato. ¿Cómo conocer a alguien —cómo conocer a Jesús— sino a través de la relación y el trato?

Si al conocer le privamos del co, nos quedamos sólo con la gnosis, convertimos a Jesús en objeto. No es que debamos desdeñar el término gnosis: la verdadera gnosis, como el verdadero conocimiento, nos adentró en la realidad profunda del yo que me transciende, en la realidad profunda del otro que me transforma.

Y a eso se refiere el prefijo co del término conocer. Es el conocimiento verdadero hecho de contacto, comunión, compañía y todas las palabras con co. Y ése es también el auténtico saber, que no consiste meramente en tener información sobre algo, sino en probar su gusto más profundo, el sabroso sabor del ser y de la vida que nos procura la sabiduría de los sabios.

Así es como quiero conocer a Jesús y saberlo —saborearlo—, de modo que mi vida sepa —tenga sabor— más a Jesús, y Jesús me sepa enteramente a Dios. Hasta que todas las criaturas podamos comer y saborear del árbol de la vida. Entonces conoceremos de verdad, pues conocer será vivir.

Mientras tanto, para conocer a Jesús es importante mirar primero a la tierra de la que es hijo. Jesús es un trozo de esta Tierra Santa que es toda la tierra. No es un meteorito caído del cielo. Es fruto de una pequeña franja de tierra atormentada, disputada, mil veces conquistada y reconquistada, como tantas tierras.

Una tierra llamada Canaán, Israel y Palestina. Una tierra en que —dicen nuestros Atlas— confluyen Asia, África y Europa. Pero Dios no hizo esas fronteras: han nacido de nuestras guerras, como todas las fronteras. Una tierra de paso de muchas caravanas y ejércitos, de muchos peregrinos y emigrantes.

Para conocer a Jesús, es igualmente importante mirar de cerca el tiempo del que es hijo, pues todos somos hijos de nuestro tiempo y Jesús también lo es.

Un tiempo, el de Jesús, comprendido en una época de sangre y lágrimas que va desde Daniel y la guerra de los Macabeos (160 a.C.) hasta la última rebelión judía de Bar Kokba y el último aplastamiento de los judíos, el definitivo (130 d.C.), después del cual los judíos ya no pudieron ni siquiera habitar en Jerusalén, y ésta pasó a llamarse Aelia Capitolina.

Un tiempo de tensa calma política y de gran sufrimiento social, de grave empobrecimiento de los campesinos galileos, obligados por los impuestos o bien a endeudarse o bien a enajenarse de su parcelita de tierra sagrada.

Un tiempo en que se iba agudizando la fragmentación cultural, religiosa, política y económica de la sociedad judía. Un tiempo en que los caminos se iban poblando de mendigos y enfermos en busca de dignidad y compasión. Un tiempo a punto de explotar.

¿Un tiempo como el nuestro?

Sólo podemos conocer bien a Jesús desde las preguntas de hoy.

Pero, ¿es que las preguntas de hoy no son acaso las preguntas de siempre? Sí y no. Sí, en cuanto que son preguntas por aquello que nos hace gozar y sufrir, las preguntas por la belleza y las heridas, las preguntas por la vida y la muerte. Y no, en cuanto que las preguntas de hoy son únicas y peculiares, como la vida y la muerte, como el cuerpo, la mirada y la palabra.

Preguntamos por Jesús hoy, desde este mundo dolorido, desigualmente globalizado, más complejo y perplejo que nunca. Un mundo con más ciencia y más incertidumbre, con más medios y más amenazas que nunca.

Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo en metamorfosis cultural y religiosa, sí, también en metamorfosis religiosa por la acción del Espíritu.

Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo y nuestras iglesias de hoy, discutidas y discutibles, tentadas de erigirse como sistemas autoritarios en vez de ser comunidad de hermanos, compañeras de camino y de búsqueda.

Nos preguntamos:

- ¿Cómo fue la mirada de Jesús entonces y cómo sería hoy?
- ¿Qué anunció a su tiempo y qué anunciaría en el nuestro?
- ¿Qué opciones hizo en su mundo y cuáles haría en el nuestro?
- ¿Qué actitud adoptó frente al sistema religioso judío y qué actitud adoptaría frente al sistema religioso cristiano?
- ¿Cómo creyó, confió, esperó en Dios y cómo lo haría hoy?
- ¿Hablaría tanto como nosotros hablamos de la moral sexual, él, que se puso del lado de las prostitutas y no condenó a la adúltera?
- ¿Defendería tanto el modelo tradicional de la familia, él, que lo rompió quedándose soltero?
- ¿Denunciaría tanto el «relativismo» moral y filosófico, o más bien denunciaría el monopolio de la verdad, de la información y de los bienes?
- ¿Cómo anunciaría que sólo Dios es rey y que lo es en favor de los desfavorecidos en un mundo como el nuestro, en que los países «cristianos» ejercen el imperio del poder y del dinero?
- ¿Qué diría de los emigrantes, él que fue emigrante y que lo seguirá siendo mientras haya fronteras?

Para conocer a Jesús es preciso saber preguntar. Y aceptar, sin embargo, que nadie es dueño de las respuestas, y que ninguna respuesta es última. Aceptar incluso que nadie es tan siquiera dueño de las preguntas, lo que hace nuestra palabra aún más perpleja. Que nadie pretenda tener la respuesta ni conocer la única fórmula pertinente de la pregunta.

Que la modestia y la tolerancia crezcan al menos tanto como la perplejidad. Y que nadie desista de seguir preguntando, cada uno con su compasión y sus palabras: ¿cuáles son las heridas del mundo de hoy y cuál sería el remedio de Jesús?

¡Señor!
Cuando me encierro en mí,
no existe nada:
ni tu cielo y tus montes,
tus vientos y tus mares;
ni tu sol,
ni la lluvia de estrellas.
Ni existen los demás.
Ni existes Tú,
ni existo yo.
A fuerza de pensarme, me destruyo.
Y una oscura soledad me envuelve,
y no veo nada
y no oigo nada.
Cúrame, Señor, cúrame por dentro,
como a los ciegos, mudos y leprosos,
que te presentaban.
Yo me presento.

Ignacio Iglesias


Fuente: Kairos

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